Fusiles de madera (Carlos Cárdenas y Carlos Duarte, 2002)
Fusiles de madera es un trabajo muy particular por su rareza o unicidad. Para optar al grado de antropología en la Universidad Nacional de Colombia dos estudiantes decidieron hacer una etnografía (visual y escrita) en un campamento de formación del ELN denominado escuela de combatientes. Sus fuentes son el diario de campo y las imágenes que derivan en el vídeo documental que estamos por abordar. Les interesaba estudiar el rito de iniciación y lo que conllevaba que los aspirantes pasaran a ser reconocidos como miembros de la comunidad guerrillera. El formato por el que se va obteniendo la información es el clásico de la entrevista más las anotaciones en off de los directores. En ellas sobresale lo opuesto a un padecimiento: “me siento bien”, “orgulloso”, dicen unos cuantos guerrilleros en escafandra. La contra visualidad llega a tal punto que el trabajo deriva en una investigación acción participativa que hace que seamos testigos de imágenes y libretos realizados por los guerrilleros que graban a sus compañeros. Los antropólogos en su trabajo de campo hicieron talleres de vídeo con los escuelantes, que en las noches después de ver el noticiero se quedaban atraídos por los ejercicios audiovisuales del día: “el medio televisivo hace que algunas cosas como por ejemplo las opiniones personales de los otros, que en lo cotidiano les pueden importar poco se vuelvan atractivas” (Fragmento Fusiles de madera). Pero ¿quién falta en la imagen? O ¿a quienes no entrevistan los etnógrafos? En los ochenta y ocho minutos que dura la etnografía visual dos planos separados nos acercan a dos niños fugaces. El primero espera su turno en el polígono para disparar ensayando a priori en su imaginación con uno de madera. El segundo está en una esquina del cuadro aguardando recibir su arma oficial para dejar atrás el tronco que devino en fusil. ¿Qué hizo que fueran excluidos del relato? ¿Por qué sus voces no son escuchadas en la composición audiovisual?
Por si acaso, niños sí había. En un fragmento del diario de campo que está en la tesis escrita con la que obtuvieron el título, uno de los estudiantes lo ratifica con una sorpresa primeriza a la que a la postre le agrega una válida problematización. Pasa que por la captación jurídica y contrainsurgente del fenómeno a sus estudiosos se les ha pasado de largo que la infancia es una construcción social, a saber, que responde a enclaves representacionales que la modulan, organizan y hacen posible. El niño reclutado o combatiente es fruto de un conjunto de infancias que poseen sus propias interpretaciones de nociones como la edad, la guerra, el qué es un niño, de cuándo a cuándo, etc. De tal modo, la existencia social de un niño con un camuflado no se da en el vacío. Es desde las ideas sobre los niños y niñas que circulan en los micro contextos y sus agentes —las familias, los comandantes, los mismos niños— que se define la experiencia de vida para ellos y ellas. De la versión de inútiles, incapaces e inocentes con la que se piensa a los niños en las ciudades en la ruralidad se pasa por ejemplo a una interpretación de ellos como fuertes, capaces, hábiles, etc. (Bácares, 2017). Las apreciaciones socioculturales de estos espacios son el cimiento de lo que descubren los directores de esta etnografía visual, consistente en que, atrapados en una irreconciliable dinámica, leemos con los ojos de acá lo que sucede allá: