Alias María (José Luis Rugeles, 2015)

ver película completa Alias María en RTVCPlay

La imagen hegemónica del reclutamiento se centra en los niños. La narración y el recuento masculino que ha gobernado las guerras auspicia esta visión. De Odiseo a hoy: la visibilidad y lo ocurrido con él en lo bélico es un privilegio del hombre. Las películas africanas y latinoamericanas, descontando a Rebelle (Kim Nguyen, 2012), son portadoras de este cliché. Por romper esta persistencia Alias María es diferente y sin embargo tan corriente al darle rienda a la estancada visualidad de las demás. Quebranta el esquema protagónico y hasta ahí. De todas las películas de este esquema visual es la más condenatoria del reclutamiento, denunciando la violencia sexual contra las niñas y las adolescentes al interior de las guerrillas. Lo hace con causa, militancia y conocimiento, dado que sus imágenes están inspiradas en una investigación cualitativa con excombatientes de la que concluyen con contundencia que la vida de una niña o de las mujeres guerrilleras se limita a la imposibilidad de ser madres y a la interrupción coaccionada de los embarazos. Para el cineasta y su guionista ser mujer en las guerrillas se reduce a eso. De ahí, María, una niña de trece años con un embarazo que debe ocultar para evitar que la obliguen a abortar y a la cual se le encomienda participar en una misión para llevar en compañía de tres escoltas al bebé recién nacido de la mujer del comandante a una ubicación segura, lejos de la exposición y sanción de la guerra. En materia política y de memoria histórica la película es valiosa y paradigmática por acusar y comunicar un crimen específico que en Colombia ha tendido a obstaculizarse de la mirada pública, de la investigación académica y de la sanción judicial. Las cifras son alarmantes. Según los informes derivados de la campaña “Violaciones y otras violencias: Saquen mi cuerpo de la guerra”, entre 2008 y 2012 se registraron “por lo menos 48.915 víctimas de violencia sexual menores de 18 años, 41.313 niñas y 7.602 niños, en 1.070 municipios de los 1.130 existentes en el país”. Como en toda esta visualidad, la mirada investigativa está concentrada en la guerrilla y sobre todo en la práctica del aborto y de la anticoncepción forzada, comprobada por supuesto, en lo que fueron las Farc. La contradicción latente en la historia es que una guerrillera de base debe dejar de lado su embarazo, mientras que la mujer de un comandante goza de un cierto privilegio que le permite obviar la prohibición: “le puedo hacer una pregunta [..] usted qué opina de que Diana si pueda tener hijos y las demás no” (Fragmento de Alias María). No obstante, dicha segregación y violencia es menester contextualizarla. Fue la intensidad de la guerra, en términos de avanzada o de repliegue, la que determinó los permisos o las contravenciones, o sea, los abortos o los nacimientos. Por ende, tuvo que haber periodos con picos y otros con baja intensidad en los controles de natalidad guerrilleros y momentos de mayor o menor posibilidad de decisión sobre abortar para la guerrillerada:

en su octava conferencia, llevada a cabo en 1993, las FARC-EP consagraron la práctica de la anticoncepción y el aborto por el objetivo de frenar los embarazos. Esto se dio en un momento en que dicha guerrilla pasó a una estrategia de intensificación de la guerra, por lo cual la maternidad se volvió un obstáculo (Comisión de la verdad, 2022a, p. 243).

La cuestión a rechazar es el nulo consentimiento y las violaciones que se dieron en la tropa, los abusos de poder, etc., que en la película son abordados a modo de una nota de noticiero progubernamental, sin tacto ni refulgencia cinematográfica. En Alias María, “la pedagogía le gana al cine, la explicación a la sugerencia, el maniqueísmo a la complejidad” (Zuluaga, 2015). Lo rescatable es la mirada de María, que se entrelaza sin saberlo con la de los niños en la historia del cine que poco hablan y se dedican a insinuar, a señalarnos, a observar sus pasos y el derrumbe del mundo. Al sumarse con rapidez a la visualidad dicotómica, el filme cae en un simplismo denunciante: ¿les suena lógico que para una misión tan importante como la del traslado de su hijo a un lugar seguro el comandante avale que uno de los tres guerrilleros que acompañen a María sea Yuldor, un muchacho sin experiencia en combate? ¿O que antes de partir y en el esbozo de la historia la cámara haga énfasis en Neiver, un niño reclutado al que ni siquiera le han dado sus botas? Por decantación la película queda encadenada a una simplificación excesiva que le quita más de lo que le aporta: la guerrilla es mala, los niños son víctimas, su lugar natural es la escuela, etc., son postuladas como verdades en blanco y negro en esta producción. Por esta razón, en una escena vemos a un grupito de escolares que cantan el himno nacional en el colegio de un pueblo mientras María los ve tras un alambrado con su parafernalia militar y un dejo de tristeza; o la cámara remarca la ejecución de Yuldor —herido e inservible— por el adulto que comanda la misión, en un plano que dura más de siete segundos, una vez el cuerpo sin vida del niño yace en un riachuelo que se tiñe de a poco con su sangre