En la tormenta (Fernando Vallejo, 1982)
El sentido común lee y ve la obra de Fernando Vallejo como rupturista por evidenciar, sin que nos preguntemos a menudo qué evidencia, quién gana y quién pierde con tal mostración. Sus películas que escandalizaron a la censura nacional son más epidermis que sustancia. En la tormenta lo que deja ver calla o se acomoda a una versión de la historia. Su espíritu voyerista, necesarísimo, capaz de poner en fotogramas el asesinato de niños, de acusar y señalar, de contar lo instituido como pasado pisado, no rompe un esquema —más allá de hacer pública la sangre y los cortes de machete— por más crudo que parezca su relato. Habría que ir al corazón de esta comprensión. Para Vallejo, La Violencia es el corolario de la insania, de antagonismos enquistados en los campesinos que hicieron del machete su arma predilecta. Así lo escribió en Los días azules: “la muerte de Gaitán partió la historia de Colombia en dos, con un tajo de machete. Después el machete se siguió cortando cabezas” (2013, p. 77). Su punto de vista fílmico limpia a los gobernantes y sus discursos dejando el peso de la historia en los de abajo —no para ver su sufrimiento o reivindicar su agencia— sino para juzgarlos y retratarlos como meros asesinos y engendros del goce por matar a mansalva. El contexto de En la tormenta lo permite, el relato se ubica en el viejo Caldas en las post desmovilizaciones de las guerrillas liberales en el gobierno de Rojas Pinilla y de la amnistía del gobierno de Lleras Camargo que fue ofertada para aquellos que seguían en armas y para indultar los crímenes de los agentes de la fuerza pública. Quienes dejaron pasar esa última chance, los partidos políticos y la prensa los denominaron bandoleros, epíteto usado para quitarle a esos reductos de las viejas víctimas de La Violencia cualquier luz y legitimidad política. Criminales, delincuentes comunes, asesinos sádicos son los sinónimos que se impusieron a esta categoría esencialista. Claro está, su actuar violento ayudó a que la gente interiorizara la analogía. Al estar conformadas principalmente por adolescentes y jóvenes que crecieron viendo sus “casas incendiadas, sus familias masacradas […] el único sentido de sus acciones era el ejercicio de la retaliación y la venganza [ante] la criminalidad oficialmente amparada o promovida en los primeros años de la Violencia” (Sánchez y Meertens, 1992, p. 47). El filme llega sólo a capturar esa naturaleza desentendiéndose del por qué en la zona que retrata fructificaron los bandoleros. Los asesinos al fin y al cabo son los hijos de La Violencia. Matones insalvables, despiadados, caricaturizados por el montaje de sonido que les agrega unas risas burlonas, endemoniadas, beodas, al momento de la masacre de los pasajeros de una chiva en un viaje entre Calarcá y Cajamarca que es atacada en medio de la noche por el bandolero Jacinto Cruz Usma, alias Sangre Negra. Por un flash back, nos ponemos al tanto de una precedente de tiempo atrás contra los liberales que sufrió uno de sus subordinados cuando era niño. El destino inscrito pareciera ser la de vengar a sus papás y hermanos tajados a machete. Ha llegado la hora. El director lo permite, si nos muestra ese pasado es para utilizarlo en el presente y tantear el futuro que le espera al niño que sobrevive a este nuevo horror. Es un encadenamiento sin fin que en la película culmina con el anteriormente ofendido cortándole la cabeza a un niño de un machetazo que corre, trata de huir y para su pesar es alcanzado. El nuevo sobreviviente que mira a lo lejos lo que ya padeció el bandolero vengador en su niñez (como una metáfora de los niños que sortearon ataques similares) es en esta versión, el actor de un ciclo interminable, la carne viva que prosigue condenada al desquite contra otros a quienes determinará como sus antítesis y responsables del sufrimiento de los suyos. En síntesis: la infancia en esta guerra civil terminó siendo la incubación de un rechazo al contrario y el origen de una andanada de crímenes para el futuro.